
El barrio en el que se encuentra el hotel es todo una gran obra. De hecho no sólo es este barrio, es toda la ciudad. Si se pretende ir andando a cualquier lugar cercano, hay que andar sorteando todo tipo de obstáculos, y además el itinerario cambia cada día porque como están trabajando la calle que un día era más o menos transitable al día siguiente está siendo asfaltada y han cambiado todas las vallas de sitio. Vallas y señalización para los coches, claro, porque como en casi todos los países en vías de desarrollo, el peatón no cuenta... Todo lleno de polvo, ruido, agujeros, zanjas, asfalto pegajoso, olores abrasivos, y hay que ir colándose por medio de la obra o entre los coches porque no hay ningún paso previsto para los peatones. Encontrar un taxi resulta ser bastante complicado y el transporte público brilla por su ausencia, aunque he de reconocer que he visto algún autobús, pero ninguna parada.
No se sirve alcohol más que en algunos lugares específicos, casi todos bares de hoteles de cinco estrellas. No es que a mí me importe eso demasiado pero veía a algunos compañeros bastante preocupados.
Lo de bañarse en la playa tampoco es cosa fácil. Sólo en las playas privadas de ciertos clubes y hoteles de cinco estrellas, e incluso allí sólo para miembros! Yo me colé varias veces en la playa del Sheraton, donde estaba trabajando, sólo a tomarme un café al aire libre, y no se veía población local, sólo expatriados, y por los comentarios que llegaron a mis oídos todos bastante aburridos. La playa por cierto no tiene demasiado encanto y el agua aunque bastante transparente resulta un poco sospechosa, se ven pasar muchos petroleros enormes y el puerto está a poca distancia. Pero se agradece poder estar un rato al aire libre en un país donde todos los edificios están diseñados con ventanas que no se pueden abrir y ventilación exclusivamente artificial, y lo peor de todo, con los termostatos graduados a 14 grados! Sí, sí, todo el mundo me preguntaba que si estaba pasando calor, y aunque parezca de risa, lo que estaba pasando, allí en medio del desierto, era frío, y mucho. Mientras estaba trabajando en la cabina me ponía calcetines gordos (los que suelo llevar para el avión, que a veces también se pone como un frigorífico) y una chaqueta de lana que tuve que comprarme allí, y aún así, algunos días acababa tiritando.
El pasatiempo favorito de los locales es entre semana visitar los centros comerciales acondicionados una vez más a unos 14 o 15 grados. Está todo lleno de familias qatarís, ellos de blanco inmaculado, ellas de negro de la cabeza a los pies. Sólo los niños pequeños aportan un poco de color al conjunto, y los extranjeros, por supuesto, que básicamente son todos los que están trabajando al servicio de los qatarís. Impresionante la cantidad de tiendas de ropa, mayoría aplastante, en un país en el que todo el mundo va vestido igual. Pero bueno, parece que debajo de la indumentaria negra muchas mujeres van a la última, de hecho algunas se las apañan para ir muy sexy con su rebozo negro. Los hombres llevan todos gemelos de diamantes y relojes de oro como complemento, un teléfono móvil con manos libres y pinganillo colgado de la oreja permanente, y aparte de estos accesorios imprescindibles parece ser que tienen todos varios coches: el deportivo, ferrari, jaguar o similar, que utilizan para salir a cenar por ahí y que se llevan en el avión a Europa a donde van a pasar la mitad más calurosa del año, un 4x4 para hacer el salvaje por las dunas del desierto, un coche para que el servicio vaya a hacer la compra y demás recados, y uno para la mujer. La gasolina no cuesta casi nada, 1 rial, que son unos 25 céntimos.
Qatar vive fundamentalmente del gas, y está invirtiendo muchísimo dinero en instalaciones de gas licuado. La población autóctona mantiene una estructura de tribus o clanes y todos los que son fieles al régimen reciben varios miles de dólares todos los meses de las rentas del gas. Los clanes que no son afines a la monarquía (y que intentaron derrocarla) fueron expulsados del país y viven en el desierto al otro lado de la frontera, en Arabia Saudí.
Estos últimos datos los he extraído de conversaciones con compañeros de trabajo y con un guía jordano que me llevó de excursión al desierto. No me he molestado en comprobar su veracidad así que no puedo garantizar que todo sea correcto al cien por cien, así que si alguien quiere hacer alguna corrección es bienvenida.
Volviendo a los pasatiempos de la población local: al caer la tarde, cuando empieza a refrescar, también se lleva dar un paseo por lo que allí llaman Al-corniche, el paseo marítimo. Muchos incluso organizan un picnic en la franja de cesped que lo bordea, pero nada de improvisar, con sillas y mesas de camping, nevera y equipo de música.
El fin de semana (que allí es viernes y sábado) todos salen al desierto y hacen el cabra con algún tipo de vehículo por las dunas. Yo hice una excursión con guía el domingo y aunque apenas había más coches aparte de los de mi grupo, todas las dunas estaban llenas de marcas, me costó encontrar un trozo de arena virgen para hacerle una foto!
El camino hacia el desierto está bordeado por chiringuitos de alquiler de quads, y hay miles y miles. El desierto el viernes debe ser un infierno, según mi guía vienen todos los qatarís, y son unos 300.000 sólo en Doha, y por las marcas y la cantidad de motos en alquiler no creo que estuviera exagerando.
Por cierto, el resto de la población, un 80%, son inmigrantes africanos y asiáticos en su mayoría, que se dedican a trabajar para los qatarís, en la construcción, en la sanidad, en los servicios, en todo.




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