No ha pasado ni media hora de viaje y uno ya se siente en uno de los lugares más remotos de África. El paisaje cambia radicalmente nada más dejar atrás las colinas Ngong. Estamos una vez más en el valle del Rift, pero muy lejos de las zonas más fértiles y turísticas al Norte de Nairobi. En realidad parece que estamos a miles de kilómetros de cualquier lugar habitado. Tierras áridas, semidesérticas y espinosas, de lo más inhóspito. Un contraste brutal con las verdes shambas y campos de té alrededor de Nairobi. Aquí parece increíble que pueda haber vida, no ya humana sino incluso animal. Desde el coche no se ve ni un alma y apenas nos cruzamos un par de coches. Pero las apariencias engañan. Si algo os obliga a parar en estos parajes tan desoladores la sorpresa es que a los pocos minutos empieza a aparecer gente. En nuestro primer intento de viaje a Magadi se nos estropeó el coche y tuvimos que esperar un par de horas a que viniera nuestro mecánico en un taxi a sacarnos del aprieto. Como íbamos preparados para un picnic tratamos de quitarle hierro al asunto y mantener a las niñas entretenidas, así que nos acomodamos lo mejor que pudimos a la raquítica sombra de una acacia. Ésta es una de las zonas más calurosas de Kenya. Apenas nos podíamos mover porque todo está lleno de unas espinas largas y afiladas que incluso atraviesan las suelas de las zapatillas. Y sin embargo a los pocos minutos apareció entre dos arbustos espinosos la cara arrugada y los ojos inquisidores de una anciana Masai. Allí se quedó inmóvil a unos 7 u 8 metros de nosotros, observándonos en silencio. Al rato aparecieron unas cuantas cabras. Y después niños. Y después dos viejos. Y después algunos jóvenes. Todos llegaban sin hacer ruido y se quedaban allí quietos a una distancia prudencial, mirándonos como si fuéramos extraterrestres. Intentamos hablar con los niños pero nadie hablaba inglés y creo que hablaban incluso menos swahili que yo. Una palabra sí que entendíamos tanto ellos como nosotros: maji (agua). ¡Estaban muertos de sed! Les dimos agua y se bebían medio litro de un trago cada uno, como si fueran camellos. Nuestra segunda expedición a Magadi tuvo más éxito y no sólo logramos llegar al lago sino también atravesarlo y llegar a Ngurumani.
El único sitio que parece habitable después de abandonar el bullicio de Kiserian (el último pueblo más o menos normal después de Nairobi) es un pequeño valle por el que discurre un río encañonado, de hecho es el único lugar donde vimos gente desde el coche, algunos pastores Masai con su ganado.

Y sin embargo hay alguno que otro pueblo al borde de la carretera. Pueblos construidos exclusivamente a base de chapa ondulada, tostándose al sol del mediodía.

El lago Magadi es un lago salino que ni siquiera parece un lago sino una extensión plana aún más árida si cabe que las tierras que lo rodean. Es una espesa costra de soda que en algunos lugares se abre y deja ver un agua cenagosa y oscura en la que los flamencos parecen estar a gusto. Una vez más, parece increíble que pueda haber vida en un lugar así. Es tierra Masai, pero no termino de entender muy bien de qué viven. Los Masai son pastores, y dicen que apenas beben agua, sólo leche y sangre de su ganado... Aún así el ganado tendrá que beber agua en algún sitio, y no creo que la del lago valga para nada...
En medio de este paraje lunar se alza una enorme fábrica y una especie de asentamiento del más puro estilo soviético. Aquí procesan la soda del lago y hay obreros con mono azul y casco amarillo afanándose en sus tareas mientras los pastores Masai se pasean con sus vacas por la carretera que atraviesa el lago. Es uno de los lugares más surrealistas que he visto nunca.
Una vez atravesamos el lago continuamos hacia el Oeste. El paisaje empieza a cambiar poco a poco y a volverse más y más verde según nos aproximamos a Ngurumani. Hace tiempo que ha desaparecido el asfalto pero la pista es buena. Apenas vemos a nadie, pero cuando paramos a comer a la sombra de unas acacias (mucho más frondosas que la vez anterior) se repite más o menos la misma experiencia. Van llegando Masais hasta que al cabo de media hora tenemos un grupo de unos diez o doce individuos mirándonos silenciosamente. Cuando tratamos de iniciar una conversación nos piden, de nuevo, agua.

Cuando llegamos a Ngurumani parece que hemos vuelto a la civilización. Hay huertas y árboles frutales. Hay agua, hay gente caminando, hay un mercado, hay vehículos yendo y viniendo (no sé adónde ni de dónde, porque en la pista no nos cruzamos ni uno). Como no teníamos noticia de ningún lugar donde alojarnos nos dirigimos a la misión de AMREF y preguntamos si nos dejan acampar allí. El personal de AMREF es de lo más amable y no sólo nos dejan acampar si no que nos acompañan a dar un paseo por la zona. Es una pena no disponer de un día más porque parece ser que vale la pena subir al escarpe. Hay cascadas y la vista debe ser imponente. Pero no hay mucha información sobre esta zona y no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar, así que no habíamos previsto más días. Otra vez será.
A la vuelta nos desvíamos en Magadi hacia el Sur, hacia el volcán de Shompole y el lago Natrón, en Tanzania. Pensamos que nos daría tiempo a verlo pero la carretera es mala y se tarda más de la cuenta. Llegamos a unas fuentes de agua caliente que son famosas pero poco interesantes (de hecho sólo nos damos cuenta de que están ahí porque algunos Masai han extendido sus mantas y venden abalorios). Ahí decidimos darnos la vuelta porque queremos volver a Nairobi antes del anochecer.

Nos quedan pendientes para la próxima visita: subir a Shompole y ver el lago Natrón, subir al escarpe de Nguruman, y si hay presupuesto pasar una noche en la lodge de Shompole, que por lo que he oído es una atracción en sí misma.
A la vuelta paramos en Olorgesaille, un pequeño museo organizado alrededor de unos restos prehistóricos. Creo que para los no iniciados no tiene demasiado interés, pero es un buen sitio para parar a comer: tienen una zona para picnic con sombra y cuartos de baño.
Guía práctica
Qué traer
Hace mucho calor, así que lo habitual en estos casos. Además agua más que de sobra para poder darle a los Masais que la piden.
Es una zona en la que hay malaria, así que las precauciones que cada cual estime oportunas.
No hay restaurantes ni nada que se le parezca pasado Kiserian y hasta Ngurumani, y el trayecto es largo. Aunque son pocos kilómetros, la carretera asfaltada se acaba en Magadi y por la pista se tarda bastante, así que más vale ir preparados para un picnic. Es posible que en Magadi se pueda comer algo, pero habría que buscar. A primera vista lo único que vimos fue un club para los ingenieros de la fábrica, y había un cartel que decía SÓLO PARA MIEMBROS.
Cuánto se tarda
Según la wikipedia Ngurumani está tan sólo a 120Km de Nairobi, pero creo que tardamos unas seis horas en llegar! (Sin prisa, parando de vez en cuando a hacer fotos, y una media hora para comer.) A Magadi creo recordar que tardamos algo más de dos horas.
Dónde alojarse
Para quién se lo pueda permitir, Shompole.
Hay bandas en algunos sitios entre Nairobi y Ngurumani, en Olorgesaille, y pasado Magadi en una estación del ICIPE. No ofrecen ningún tipo de servicio, y aunque no recuerdo cuánto pedían exactamente, teniendo en cuenta que tampoco están en un sitio demasiado interesante, me pareció que valía más la pena acampar. (Olorgesaille está demasiado cerca de Nairobi y demasiado lejos del lago y todo lo demás. El ICIPE está un poco mejor situado, pasado Magadi, pero aún lejos de Ngurumani.)
En Ngurumani se puede pedir permiso para acampar en la misión de AMREF, como hicimos, o también descubrimos que hay un albergue de lo más acogedor. Es muy básico y africano, pero está limpio, es agradable y la comida está muy buena. Entasopia Guesthouse: 0711 591 205 / 0729 002 264. Creo recordar que costaba en torno a los 1200 chelines (12€) por persona con media pensión. También tienen una granja un poco apartada del pueblo, que se puede visitar y donde se puede acampar por un módico precio.

Más información
Artículo en inglés de la Wikipedia. Una curiosidad que me acaba de revelar: lo que se supone que era el lago Turkana en la película del Jardinero Fiel está en realidad rodado en el lago Magadi.
